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More sour than sweet

Lo que me pasa entre que salí de la universidad y que decido qué demonios hago.
 

Justo lo que queria.

Friday, April 13, 2007




No me acuerdo si fue la ultima o la penúltima navidad que creí en el viejito pascuero en la que imaginé los regalos que quería. Por algún motivo, la extensa carta que le había mandado el año pasado anterior – escrita en mi sala de primero básico y arengados por la miss Pilar y la miss Marilú- , como un ejercicio para que aprendieramos a escribir no había sido completamente tomada en cuenta. Claro, eran 3 hojas donde pedía un atari 800, un commodore, el castillo de Grayskull y la Montaña Serpiente, autos a control remoto, unos transformers, unos patines, y sucesivos etcéteras que en esa época eran publicitados por la importadora Ansaldo. Me acordé de mi madre y pedí un bikini para ella, que curiosamente si llegó, a diferencia de todos los adelantos tecnológicos que solo quedaron en papel.
Al año siguiente desalentado por la poca efectividad del correo, llegué, no se por cuál razón a concebir la idea de que si me concentraba mucho, el viejito pascuero podría leer mis pensamientos, así, varias noches de ese año después de ducharme (me hacían bañarme de noche), ponerme mi piyama con patas (que DEBEN ser usados CON calzoncillos, sino se producían dolorosas situaciones), y después de rezar, me quedaba pensando en lo que quería de regalo. En ese proceso en algún momento empecé a imaginarme cosas que no existían. Creía que de alguna forma, el viejo pascuero, ya que sabía como se portaban los niños, tendría que poder leer pensamientos de sus vigilados. Asi que me acuerdo de dos cosas que “diseñé”. Una era una moto con motor que formalmente, o de “encarenado” era igual a unos triciclos plásticos Wenco, con ruedas blancas, y por su puesto que con una huinchas colgando de los mangos. La diferencia es que el mío era tricimoto con motor, de escala idónea a mis 6 años de entonces, tenía calcomanías de los pitufos, y era rosada. Si. Rosada. (hoy hay mucha ropa no de mujer de ese color, pero reconozco que era la parte que me daba vergüenza admitir. Pero tenía seis años). El otro era un televisor que físicamente era un Sony Trinitron con cantos de madera. Ese que tenía una tapita que se armaba, tenía 13 botones de canales que se ponían naranjos al estar accionados y tenía control remoto. De metal y con 7 botones. La particularidad que tenía es que en cada uno de esos trece botones había un programa o película que me gustaba rotando contínuamente sin parar. Me acuerdo del canal de E.T., los Cazafantasmas y Pipiripao. La otra gracia es que yo podía ponerle pausa, al igual que los Betamax que grababa mi papá. Así, cuando tenía que ir a almorzar, no me perdía nada de las películas.
Esa navidad a instancias de mi madre, terminé escribiendole una carta igual al viejo pascuero (yo no veía la razón, pues él ya sabía lo que quería). Mi mamá me dijo que era un formalismo que había que hacer, asi que le escribí sucintamente que quería una moto de juguete y un televisor. El 25 de diciembre cuando me desperté fui primero al jardín y me di cuenta de que no estaba la moto en el lugar en que debería estar estacionada. Entré a la casa y había una caja de tamaño decepcionante para mí. Al interior una moto hecha de plástico tipo pandillera, pero sin gran detalle. Fue la primera de muchas veces en las que he tenido que decir “Gracias…. Justo lo que quería”. En ese momento alguna duda me entró con el caballero ese… Y don Francisco las corroboró el año siguiente cuando en su tribuna sabatina dijo que el viejo no existía, y que por eso los buenos niños pobres no recibían regalos.

Esta semana, con la publicidad de VTR, donde se puede poner pausa o grabar tv en vivo me acordé de esa navidad. Y ahora que el rosado está de moda me renace una que otra esperanza.

visitas

Tuesday, April 03, 2007


El tiempo se ha transformado en una variable que me maneja, cuando debería ser precisamente lo opuesto. Las decisiones que uno va tomando van generando compromisos que a veces se transforman en horarios exhaustivos. Después de haber estado en una agencia de publicidad por tres meses -muy entretendo, por cierto-, llegué a una oficina de arquitectura para un concurso, el cuál ganamos, no sin polémica en el medio -no somos un lugar ni de buenos ni malos perdedores -no sabemos perder-, y más que buenos ganadores; puros winners-, y ese resultado permitió que me quedara en la oficina. Al fin metido en el tipo de trabajo "ideal" para el que uno estudia. Al fin dando el paso por el que hay que pasar y resignado que por ahora son pasos los que hay que dar, y no saltos. Aprendiendo harto, y trabajando más. Por ahora las preguntas se quedaron tranquilas en ese campo. Me decían hace poco que a veces me complico de más. Pueden tener razón.
Por otro lado, mucha música, mucha niña de blanco nerviosa, ramos, Raffaellas Carrás, Reggetón, y ponte más reggettón, poco sueño y mucha ojera. Mis amigos alegan que no los veo, y tienen razón. Mi cuerpo me está cobrando sentimientos. Chuck Pallaniuk habla de los "ruidoadictos", que es una manera de decir "silenciofóbicos". Puede que nuevamente me haya metido en un estado silenciofóbico; muchas veces uno se llena de cosas para no tener que hacerse muchas preguntas, o va a un mall el domingo en la tarde para no estar con uno mismo. Estar solo puede ser abrumador -sobre todo los domingos-.
Hace unos días tuve que hacer hora, y decidí ir a ver a una prima. Toqué el timbre, y se sorprendió. La gente ya no se visita sin avisar. Dentro de los 33 minutos de celular que hablamos los chilenos al día, debe haber un gran porcentaje inútil, y dentro de eso decidí deliberadamente no incluirla. Fue tan bueno para los dos, pues yo no quería estar solo y la pillé en un momento en que lo mejor era que estuviera acompañada, y ella estaba justo en el estado en que uno no se anima a llamar a nadie. Las cosas parecen grandes cuando uno no las compara (eso, en un almuerzo en mi casa en día domingo, se prestaría para múltiples y tortuosas lecturas), y una buena visita inesperada puede hacer que uno se descetralize. A fin de cuentas, las visitas programadas o avisadas se parecen más a una cita y uno la concerta o acepta cuando tiene ganas, y por ende no hay sorpresas... pueden ser menos auténticas. Apostaría qe Alfredo Lamadrid lleva de improviso a sus invitados, y por so logra tanta lágrima. Tomás Cox debe de llamarlos con meses de anticipación.
 
   





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