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More sour than sweet

Lo que me pasa entre que salí de la universidad y que decido qué demonios hago.
 

El mercado de la pena

Tuesday, February 05, 2008


Hay cosas que van apareciendo a medida que uno trabaja, y que si bien al principio te sorprenden, luego son normales y te acostumbras a ellas: Que te traten de señor, que te ofrezcan llevarte las bolsas en el supermercado con cara de moneda, que no te miren desdeñosamente en una tienda pues ahora pareces de poder adquisitivo, que los estacionadores te hablen en español castizo al momento de abrirte la puerta del auto antes de decirte que están toda la noche y que son 2 lucas por adelantado o que ya no quieras tomarte más de dos tragos en día de semana, porque hay que trabajar al día siguiente.
-"Hola Miguelito. Usted (nótese el uso de la tercera persona) no me conoce, pero su nombre me lo dieron coincidentemente dos amigos suyos: Drino y Hugo. Eso me dice que usted es una muy buena persona, y estoy segura que sus amigos no se equivocaron."
-"Yiaaaaa"
-"Quisiera contarle sobre un proyecto en el que participamos y que sus amigos se comprometieron en ayudar".
Mientras pienso en cómo me puedo vengar de ellos le musito unos sonidos.
- "Esta es la Fundación X (Nunca entendí por qué hay cuentos donde todos los personajes se llaman Señor X, o Señora M.) que se encarga de velar y educar a los niños ciegos. Desde los tres meses hasta dejarlos con un oficio.". Con una línea de entrada así no es necesario poner cara de gato de Shrek. Ya está todo dicho. Traigan la mayonesa, que la langosta ya está buena. "You had me with niñitos ciegos". De ahí en 7 minutos de celular (cuya cuenta sale de las donaciones de mis amigos, supongo) me cuentan que atienden a 150 niños, que cada colegiatura cuesta 140 UF al año y que este año quieren aumentar 30 niños más. No soy multitask, asi que mientras trato de calcular cuánto es 140 por 19 (no llego a una cifra, se me confunden los ceros), pienso que las 5 lucas que pensé en dar (dos piscolas en un sucucho de mala muerte) son pocas con respecto a lo que necesita un niño para no pedir plata en las calles o tocar acordeón en Providencia, y se me mezclan pensamientos pérfidos y otros no tanto. Me sigue dando rabia que me hayan recomendado, pero me doy cuenta que no me puedo negar. Por otro lado me sorprendo que la niña diga cosas como "sin embargo" o "no obstante" tan fluidamente y que una vez comprado el chocolate se demore tanto en comérselo, y que eso debe costar una fortuna multiplicado por todas las llamadas al día. Le digo que me vaya a ver a la oficina al día siguiente, sabiendo qué significa eso.
Por supuesto que hoy llego atrasado después de almuerzo y ella me estaba esperando. Siempre me pierdo con el modo de saludar (mano, beso, palabras claves, tú, usted, etc.) y nos sentamos un rato. Me cuenta las mismas cosas, con "emperos" y "por lo demás", me detalla la vida de los niñitos. Miro el reloj y se da cuenta que tengo poco tiempo. me acuerdo de Mario en diciembre. Me pasa un sobre con información de la fundación. Le digo que me explique mejor cómo se puede ayudar y que la información la leo con calma, y que me llame el viernes para ver cómo y cuánto lo hacemos.
Pensándolo después, me doy cuenta que la pena es un mercado, y que cuesta un mundo decir que no. Soy consciente de lo canalla que eso suena, pero para sacar plata, tengo el recuerdo de haber oído cosas impresionantes para la Teletón. Carlos Pinto debió ver ahí su nicho. Hoy parece que están más suaves esos compactos y testimonios. Pero debo recibir 10 peticiones al año de estos, y me cuesta un mundo decir que no. Desde si me preguntan si quiero otro plato de comida, hasta de si e gustaría quedarme otra vez trabajando el fin de semana en la oficina. Viejitos desamparados, el Hogar de Cristo, Los Niñitos Quemados.. todos se merecen ayuda, pero no se les pueden poner a competir: los recursos son finitos.
Cuando reviso mi cartola, son un par de fundaciones que aparecen con unas piscolas o un disco o un libro que no hecho de menos al mes, y me doy cuenta de la suerte que tengo de poder ayudar y de no necesitar esos tipos de ayudas, pero no nado precisamente en un tanque de monedas como tío Rico, y una vez que uno dice que sí, no hay manera de salirse. Claro, siempre se puede tratar de lograr hablar con el ejecutivo de cuentas paa dar la orden de que suspendan el pago, pero con tanta "Allegria" están al borde del colapso, pero no me considero un tipo con suerte en los juegos de azar, por lo que desestimo esa opción. Y esos son trámites que al igual que el cambio de domicilio uno nunca hace, y entre pitos y flautas el dia diez uno ve la cartola y se siente como Massú en un partido cualquiera: dos sets abajo.
Mientras trato de poner una cifra mental, llamo a mis "amigos" para preguntarles con cuanto se ponen ellos, para no ser tacaño, y me dicen que ellos no está ayudando porque están comprometidos con un par de fundaciones y que andan apretados. Maldición. Ellos ya saben decir que no. Habrá que dar hasta que duela, no?
 
   





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